¡Este hombre no tiene sensibilidad por la belleza! (episodio 11)

06.03.2021

Aquella noche en víspera de su salida hacia la aldea india para tomarla en encomienda, después de disfrutar del canto de la lechuza, Jesús quedó profundamente dormido como lo hacen los que están en paz con este mundo y tienen su conciencia tranquila con Dios. Sería muy tarde cuando algún ruido lo despertó. Miró la hamaca de Pánfilo a la luz de la tea de cuaba y estaba vacía. Pensó que el hombre había salido a mear pues tomando tanto vino sería lo más probable. Pasó un buen rato y no regresaba. Su amigo se tardaba mucho para una necesidad que requería sólo unos minutos. Aguzó el oído para tratar de sentir algún sonido que le indicara la presencia del murciano y entre el chirriar de los grillos pudo oír que Pánfilo conversaba con alguien. Por pura curiosidad continuó concentrándose pero no podía percibir aun las palabras, aunque distinguía claramente que la conversación transcurría entre el futuro encomendero y otro hombre. Pero aquello que decían no era castellano, ni gallego ni catalán. Lengua perteneciente al reino unificado por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no era.

Esto llamó mucho más la curiosidad del hidalgo Almansa y siguió atento pero conversaban muy bajo, solo que la tranquilidad de la noche en un lugar campestre como ese permitía distinguir algo la conversación. Esa entonación y esa manera de hablar acentuando la palabra en la última sílaba le parecían del otro lado de la frontera donde Jesús había estado buscando información tecnológica para desarrollar su aldea. Sí, era una lengua del lado francés. No sabía que Pánfilo había viajado tanto por Europa. La mayoría de los súbditos de su clase sólo andaban con las tropas dentro de los territorios en guerra ¡Qué raro! En Puerto Príncipe había franceses. Pero ¿Qué importaba eso? Era su amigo que procedía de acuerdo con la ley y estaba apegado al reino de tal manera que había ido a la villa para hacer las cosas correctamente. Al fin y al cabo había llegado a esta isla de Fernandina y debía agradecer a Dios que ya tendría un trabajo muy pronto.

La conversación siguió por más tiempo de lo que debiera permanecer para alguien que viene a pedir alguna ayuda a un amigo en medio de la noche. Lo justo es que el necesitado llegue, diga lo que necesite, sea servido y se vaya. Aquello parecía más un negocio que un pedido. ¡Qué carajo le interesaba a él lo que hiciera su amigo! No era una comadre chismosa. La conversación todavía duró un poco más y Pánfilo vino dos veces a la habitación y llenó las güiras de vino y salió a brindar. Finalmente sintió el ruido de los cascos de un caballo en retirada y su protector entró y se acostó tranquilamente.

Al otro día Jesús se sorprendió mucho con lo que le dijo su encomendero:

- Es necesario que usted se quede quince días solo aquí. Debo preparar bien las condiciones para una explotación minera adecuada. Aquí tiene todo para comer y para beber. Lo único que necesita es paciencia.

Jesús nada tenía que cuestionar. El que conocía al país y sabía lo que había que hacer era Pánfilo. Así que tuvo que esperar dos semanas viviendo solo en la choza de su amigo y protector. Aprovechó para leer su gran biblia en latín y pensar en la nueva tarea que la vida le había regalado.

Pasados los quince días Pánfilo y Jesús Almansa de Altamirano cabalgaban despacio por senderos abruptos, siguiendo los ríos. Debían andar por lugares así por lo menos tres días hasta encontrarse con los caminos de los indios. A pesar de la cháchara del encomendero su servidor y doctrinero disfrutaba de la belleza de la selva totalmente virgen en aquellos lugares.

-Aquí no hay bestias salvajes ni animales venenosos. Esta es una isla muy buena -dijo Pánfilo.

-Por lo que voy viendo me parece que así debió ser el Paraíso. Para donde quiera que miro solamente veo belleza. Hasta los trinos de las aves me parecen cosas celestiales -respondió Jesús.

Muy pronto el doctrinero se dio cuenta que a Pánfilo no le interesaba nada relacionado con la belleza de la isla que a él lo tenía encantado. Decidió entonces disfrutarla solo. Sus ojos no bastaban para percibir tantas cosas novedosas y llenas de encantos. Las aves volaban asustadas cuando ellos se acercaban a algún árbol pleno de ellas y todas de diversos colores. Se dijo a sí mismo que era una lástima no ser pintor. Y miraba a su compañero de viaje y se preguntaba como Dios había hecho a un ser que no sintiera un poco de regocijo al ver tanta preciosidad. Sin duda su cicerone era muy poco sensible y no era la persona ideal para compartir un viaje como ese, pero no importaba, era él quien le había dado empleo, por cierto, el más honorable a su juicio. Así que estaba agradecido. No tenía por qué exigir que fuera perfecto.

Llegando la tarde se encontraron con un ciego que era como le llamaban a un claro de monte donde predominaba la sabana. Había buen pasto y los caballos podían tener sus manjares mientras ellos preparaban el suyo en fogones de piedras improvisados a la orilla del río. Aquí Jesús vio por primera vez las palmas reales y se quedó embelesado. Ya esto era el colmo de las sorpresas. Algunas tenían los racimos de palmiches colorados y les parecieron una obra del Creador para que los caminantes sintieran su presencia al andar por estas tierras. Miró por largo rato como el suave viento de verano movía las hojas de uno de estos árboles cercanos y hubiera preferido que su acompañante y guía fuera mudo para poder concentrarse en la contemplación.

-Nos quedan aún cuatro jornadas como esta. Mañana al oscurecer ya habremos tomado un sendero de indios y este nos llevará a la tribu, aunque son tres días más de camino.

Jesús pensó que este hombre se repetía y que siendo inteligente lo que le faltaba era instrucción y por eso también sensibilidad. Pero él había visto muchas personas sin instrucción, la mayoría en España, con mucha sensibilidad delante de la creación de Dios. Debe ser que hay gente que nace ciego a lo maravilloso. Quizás las muchas veces que ha hecho este camino solitario ya lo acostumbraron a tantos colores y trinos. Pero es raro que no le haya dicho ni tan siquiera el nombre de un ave o de una de estas plantas tan hermosas. No, él es realmente indiferente a todo esto. 

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