El terrible pecado de Jesús Almanza (episodio 34)

24.01.2021

Pánfilo consideró que debía comenzar a buscar oro removiendo la arena del río o cualquier beta que se encontrara. Él había traído los instrumentos necesarios para este trabajo. Pero era la menguante, los terrenos ya estaban escurridos y se debía sembrar también. El encomendero despertó a la comunidad con un disparo de arcabuz al aire. Los indios asustados y curiosos se reunieron en la plaza del poblado frente a él y su doctrinero. Como niños que van a formar sendos equipos para jugar béisbol entre los dos europeos se iban repartiendo los trabajadores uno a uno. Cuando ya cada grupo tenía como diez miembros Pánfilo escogió a la muchacha que le había pasado las manos por la cabellera al doctrinero, pero ella se colocó en el grupo de Jesús Almansa.

-Ella es de mi grupo -dijo el encomendero y la agarró por el brazo y la muchacha se resistía.

-Deje la joven y tome el resto pues lo que vamos a hacer es sembrar y no necesito gran cantidad de personas -expresó el adoctrinador sin mayores intereses.

-Ella debe irse conmigo porque en el sorteo me cayó a mí -se empecinaba Pánfilo.

Jesús tomó la bella muchacha por el brazo y la llevó al grupo del encomendero sin resistencia con lo cual terminó el conflicto.

Ese día ambos salieron a realizar sus labores de agricultor y minero. Los indios de Jesús, aunque no conocían las semillas que sembraban, siguiendo la lógica de sus conocimientos agrícolas hincaban la coa en la tierra y echaban dos o tres de las que llevaban en una canasta hecha de yagua. Su trabajo era acompañado de cantos y se veían felices. El español sintió admiración y respeto por estas gentes que no conocían el Evangelio pero eran trabajadores y alegres. Hasta ahora él no había visto ninguna cosa que pudiera considerarse pecado salvo la casi desnudez, pero tampoco traía ropa para vestirlos a todos. Pensó que ya tendría tiempo para resolver eso y lo haría.

Los agricultores regresaron temprano, pero los mineros llegaron muy tarde casi oscureciendo y Jesús se dirigió a Pánfilo de esta manera:

-Usted no puede estar todo el día haciendo trabajar a esa gente sin comida. Algunos han venido a hablar conmigo y yo creo que se estaban quejando, aunque no entiendo su lengua.

-Preocúpese usted de las cosas de la iglesia que yo me encargo de buscar el oro. Ellos son más fuertes de lo que usted cree. Hemos recogido unas cuantas pepitas y no voy a perder el tiempo.

-Pues las cosas de la iglesia son también no permitir abusos aquí. No creo que a nadie se le deba hacer trabajar con hambre. Vamos a ver como organizamos esto y ellos se llevan su comida o un grupo se encarga de hacer el almuerzo.

Pánfilo comprendió que debía callar y así lo hizo. En ese momento la joven bella del conflicto de la mañana vino hacia Jesús y lo haló suavemente por el brazo y se lo llevó de allí. El encomendero no tenía ningún argumento ahora para detenerlos. La muchacha de ojos hermosos salió del caserío y se encaminó al río y Jesús iba con ella sin comprender por qué la seguía en silencio. Llegaron al río y ella siguió caminando por la orilla hasta un sitio en que éste corría suavemente entre lajas y era lo suficientemente profundo como para que ella desde una piedra se tirara de cabeza y nadara bajo el agua un poco hasta pararse y hacerle seña de que fuera. Jesús estaba vestido y si se tiraba mojaba la ropa y el pudor le sugería que no debía desnudarse. Él decía que no, palabra castellana que ya ella conocía y por eso respondía en la lengua del europeo con claros sí y se reía feliz.

Como que el doctrinero no se tiraba al agua ella salió y lo tomó de nuevo por el brazo y él se tocó la ropa señalándole que se le mojaría. Entonces ella que nada tenía que ver con las costumbres europeas empezó a quitarle la ropa a lo cual él se resistió un poco, pero los ojos hermosos de la muchacha al mirarlo lo dejaron desarmado. Al poco tiempo los dos chapaleaban en el agua como Adán y Eva en el Paraíso.

Ella salió un momento del río y Jesús vio su hermosura en plena desnudez y un estremecimiento viril recorrió su cuerpo. Ella reía a carcajadas mientras tomaba unas frutas parecidas a manzanas en la orilla. Lo invitó a comer, pero él no se atrevía a salir del agua por puro pudor. La muchacha giró hacia las matas y unos glúteos prominentes adornando su cuerpo atlético hicieron hervir la sangre de Jesús quien salió rápido. Ella le mostró la fruta, pero cuando él se acercó corrió mientras se oían las carcajadas. Él salió tras ella por la orilla arenosa hasta alcanzarla y las manos fueron a parar a sus caderas. Entonces la muchacha se detuvo y le clavó sus grandores ojos negros y Jesús sucumbió al deseo hasta quedar saciado en la arena, ambos tirados en la orilla.

La muchacha de lado, con medio cuerpo mojándose en el río le pasaba las manos por la cabellera y el joven miró las piernas y un hilillo de sangre proveniente de la parte vergonzosa de la muchacha caía al agua en la misma margen que allí casi no tenía corriente. Jesús se estremeció al verlo ¡Había deshonrado a una de sus ovejas! ¡Era un gran pecador!

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