El cura de la sagrada tribu y el apóstol Pedro hablan de la nueva noticia que ha llegado a la tribu (episodio 04)

04.04.2021

Un joven y un señor muy viejo vestidos a la usanza de Europa del siglo XVI en medio del monte conversaban sentados sobre el gran tronco de un árbol caído. Eran el padre Porfirio Piedra, cura de la Sagrada Tribu del Padre Almansa y Pedro, Apóstol y Principal Lector de la Biblia. La piel cobriza contrataba con aquella ropa como si fuera una puesta en escena de una comedia de aficionados, pero el pelo demasiado largo, la pronunciación marcando la zeta al estilo peninsular y algún que otro vocablo castellano en desuso hubiera hecho pensar al espectador que algo había en aquellas personas que no encajaba del todo con la visión común de la selva colombiana al comienzo del siglo XXI.

-Hijo, he confiado en tus palabras de que tuviste una conversación con el Arcángel Gabriel. Eres uno de los más honrados miembros de esta tribu. Nosotros no sabemos mucho de arcángeles pues no tenemos la traducción completa de la Biblia y el padre Almansa no enseñó a nadie a leer en latín. Te he llamado para conversar porque necesito los detalles. Las tradiciones son una cosa y las palabras de Dios otra. Sabemos los diez mandamientos porque desde que se fundó la tribu hemos estado repitiéndolos. Pero las únicas palabras verdaderas de las que no podemos dudar están escritas porque esas no cambian y lo que corre de voz en voz pudo haberse transformado en tantos años que tenemos de estar esperando al Mesías. Ahora contamos con tus palabras que no son escritura pero son frescas ¡Cuéntame cómo fue esa conversación con el ángel!

-Padre, desde hace días estoy subiendo a la parte alta para ver mejor cuando llega el águila gigante. Hace poco dejó caer una tela blanca de la que colgaba algo pero el viento la llevó muy lejos y no la pude encontrar. Ayer la sábana que tiró voló hasta la colina que está donde sale el sol. Estaba enredada en un árbol y era una cosa negra con una luciérnaga roja sonando igual que el ave. Me acerqué y dejó de oírse el ruido del pájaro y una voz me habló. Decía palabras raras pero se entendía que era castellano. Le pregunté quién era y me dijo bien claro que el Arcángel Gabriel y que teníamos la buena señal.

- ¡¿Viste al Arcángel?!

- No. Era como si Él me hablara desde aquella cosa negra que colgaba en el árbol.

-El Padre Almansa decía que el mundo es una especie de naranja, redonda, que cuando unas personas estaban en un lado se veía el sol y en el otro era oscuridad. El Mesías llegó como ladrón en la noche para que se cumpla la palabra. Cuando hablaste con el Arcángel Gabriel era de día para nosotros, eso quiere decir que llegó por la otra parte de la naranja. Está lejos de nosotros. No sabemos el tiempo que tardará en acercarse a nuestra tribu.

Pedro miró con admiración al cura que a su avanzada edad podía pensar con tanta lógica. Ciertamente, estaba lejos, por eso prefirió enviar una señal con el Arcángel Gabriel para que se supiera de su llegada. El Padre Porfirio era un buen anciano que había conducido a la tribu con amor y sabiduría por muchos años. Ahora no quedaban cabos sueltos. Era el momento de orar, se bajó de la piedra donde estaban sentados e hincó rodillas en tierra y dijo de este modo:

-Te doy gracias Señor por haberme escogido para dar la buena noticia. Bendito y grande eres. Oh Señor de nuestras esperanzas, nuestra tribu ha sido bien guiada desde que el padre Almansa nos acompañó en el Gran Éxodo pero siempre hay quien cae en tentación y concubina con algunas de las herejes. También el Maligno nos ha dejado muchas enfermedades en los últimos tiempos diezmando a nuestra tribu que ha sufrido mucho. Ven Maestro a este sitio que te esperaremos llenos de amor. Queremos vivir en Tu Eternidad. Queremos que todos los hermanos se salven del pecado. Te rogamos que no tarde Señor. Amén.

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Dichas estas palabras Pedro se incorporó. El padre Porfirio lo miraba lleno de admiración y en su mente pedía más bendiciones para su alumno predilecto.

-Pedro ¿decías que el Arcángel Gabriel te habló a través de algo negro con una luciérnaga? Bien sabes que yo no podría llegar hasta la colina, ya estoy tan viejo que no le pido a Dios que me haga descansar porque quiero esperar al Mesías en esta vida. Pero dime ¿cómo era esa cosa a través de la cual Él habló?

-A lo único que se parece en la forma es a una barra de oro de la del Santo Tesoro pero en vez de ser dorado el objeto es negro. Tiene una luz roja como del tamaño de la de los cocuyos.

-Tienes que volver allá y ver si ese objeto continúa en el mismo lugar. Nadie más debe saber cómo te comunicaste con el ángel pues tú fuiste el elegido. Como tu padre espiritual te estoy diciendo el modo de proceder que creo que agrade más al Señor. Si Él te dio iluminación para encontrarlo y contigo fue que habló, si durante quinientos años no se comunicó con nadie más, no creo que lo hará con otros. Ve mañana al árbol y cerciórate de que está allí esa cosa. Pudo ser algo que se presentara como una visión y ya desapareciera pero puede regresar. Cuando parta y hasta que regrese haremos rezos especiales con los otros diez apóstoles pidiéndole al Señor que el Arcángel siga en comunicación contigo.

Los dos hombres conversaban con el mayor respeto y admiración mutua. El padre Porfirio escogió a Pedro desde muy pequeño. Su nombre anterior era Amado Puro. Este apellido fue uno de los que el padre Almansa otorgó a cada familia al refundar la tribu. Cuando Porfirio visitaba la casa de Amado observaba la manera de comportarse este niño que sobresalía en inteligencia. Luego fue un infante dado al trabajo que amaba el estudio en la escuela que la iglesia mantenía y donde el cura fue por mucho tiempo el principal maestro. Aprendió a leer antes que los otros pero era de gran corazón y enseñaba a sus condiscípulos con tal de que la correa del maestro no callera sobre sus asentaderas como era costumbre cuando se cometían errores en el aprendizaje. Todo aquello fue sensibilizando al cura y cuando murió el anterior Apóstol Pedro se seleccionó a Amado para sustituirlo. El joven leía la Biblia de modo diferente dándole tal entonación que parecía tomar vida cuando un personaje hablaba a través de las escrituras.

Como era costumbre en la Sagrada Tribu el cura Porfirio era casado y tenía ocho descendientes. En ocasiones pensaba que no había logrado que sus hijos fueran tan puros de espíritu y tan elevados de pasión por Dios como este muchacho. Sin dejar de amar a cada uno de su prole el sentimiento por el joven era grande e iba en aumento cada día. Tenía el secreto propósito de que Pedro lo sustituyera en la dirección de la tribu cuando él muriera o no pudiera ejercer su gobierno espiritual. Ahora que portaba la más grande y esperada noticia el padre Porfirio estaba satisfecho y contento de él.

El sacerdote tomó la decisión firme de que el portador del milagro era el único que seguiría hablando con el Arcángel Gabriel y que nadie más, ni tan siquiera alguno de los otros diez apóstoles, debían saber dónde y de qué modo Pedro podía hablar con el enviado de los cielos, en caso de que esto volviera a suceder. Le dio la orden de ir al árbol de la colina que está por donde sale el sol y traerle la nueva de si la cosa negra con luciérnaga roja seguía en el lugar y de ser así que tratara de comunicarse con el Arcángel.

Luego el padre le pidió al apóstol que se acercara y poniéndole una mano sobre la cabeza dijo una larga oración de bendición para su amado discípulo. Al terminar Pedro cargó al padre y lo llevó para la gruta donde solía pasar los días en meditación hasta el sábado que era llevado al poblado capital para dirigir la misa en la iglesia y realizar acciones de gobierno con los apóstoles y por medio del cabildo hasta regresar a su cueva el lunes.

-Aunque pudiera caminar no iría al árbol de la colina pues fuiste tú el elegido -dijo el padre con toda la sinceridad que lo acompañaba en su fe-, y no quisiera yo ofender a Dios tomando atribuciones que no me pertenecen.

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