De los terrores cotidianos

17.04.2021

A veces tengo miedo y no me considero un cobarde y fue antenoche una de esas en que los pocos pelos de mi piel donde predominó lo asiático de mi herencia hablaron de lo que realmente es espeluznante. Hoy se lo cuento tal y como lo sentí.

Ando en el transporte público desde hace ya un tiempo suficientemente largo para la costumbre de los nacionales y los emigrantes que han asimilado la cultura norteamericana. Los ómnibus y los trenes de Dallas nada tienen que ver con Nueva York o París. Aquí como en la mayoría de las ciudades de Estados Unidos la gente anda en automóviles. No hay una estación cada dos cuadras y para cubrir todas las necesidades basta con unas seis líneas de ferrocarril y algunas rutas de ómnibus o camiones como le dicen los mexicanos.

Antier el día estaba lluvioso y al terminar mi jornada laboral esperé bastante tiempo para que calmara la lluvia para poder salir por lo que la noche se hizo tarde. Esto significaba que no fuera recomendable hacer todo el recorrido en mi bicicleta, tanto porque todo estaba mojado y era fácil tener un accidente como porque realmente me da miedo andar sobre dos ruedas cuando es muy tarde. Busqué en el GPS y efectivamente un ómnibus pasaría dentro de diez minutos y enlazaba con otro que llegaría a mi casa. De no tomarlo tendría que esperar una hora más tarde y posiblemente la lluvia volvería.

Monté en mi caballito de hierro y anduve algunas de las solitarias cuadras hasta una parada techada ya que la más cercana estaba clausurada por la reparación de la calle. Sabía que era la única posibilidad pues la siguiente estaría tan lejos que no me daría tiempo a llegar pero para sorpresa mía una señora rompía el silencio de la noche caminando de un lado a otro y diciendo cosas en inglés que por la rapidez con que hablaba y la norma del decir yo no podía comprender. Su conducta daba a entender que tenía algún trastorno mental.

Antes de parar mi noble vehículo ya había hecho una valoración del peligro: la señora podía agredirme o sentirse agredida por mí; cualquiera de las dos era muy inconvenientes y yo no tenía más opciones. Seguir significaba perder el ómnibus y mojarme; las dos cosas. Decidí el riesgo de quedarme, algo así como pegarme a la pared para alejarme de la espada.

Me acerqué a la caseta de la parada por la derecha tratando de no tener contacto visual con la señora, bajé de la bici y miraba para el lado de donde debía venir el ómnibus. La señora siguió hablando y yo con el rabillo del ojo trataba de cerciorarme de sus movimientos y de momento comenzó a avanzar hacia mí acercándose a la caseta. Me aparté para dar espacio y miré por si venía hacia mí o la intención era entrar.

Cuando pasó a mi lado era evidente que se dirigía a mi persona pero no todo lo que decía lo podía comprender. Se me ocurrió decirle Dios te bendiga y entonces se paró me miró fijamente y uniendo las dos manos hizo preces mientras su hablar fluía incomprensible para mi escasa habilidad auditiva del inglés texano. Le dije que yo no comprendía bien y que sólo iba a tomar el ómnibus.

Intenté seguir mirando hacia donde debiera venir el ómnibus, pero ella se sentó en el banquillo de la parada para el lado en que solamente un pequeño ángulo la separaba de donde debía venir mi transporte salvador. Fue entonces cuando dijo: Tengo hambre y su mirada era directa a los ojos míos, fija, penetrante, aunque no pude percibir si era fría aunque si inquisitiva.

Me acordé de una tarjeta de una tienda de comida rápida que me habían regalado hacía poco y que tenía por lo menos para una cena opípara. La saqué y se la di. Ella la tomó y dijo algo como de alegría haciendo alusión a la cadena que vendía esos alimentos. Luego me dijo que ella tenía dinero y la puso sobre el banquillo y la retiró un poco de sí.

El ómnibus llegó y le avisaba que ya se acercaba cuando me respondió que ella iba a descansar. Al sentarme sentí el alivio de quien ha pasado por un momento difícil. Si ella se hubiera sentido agredida y hubiera empezado a gritar y si yo montaba en mi bici y me iba podría parecer un agresor y si me quedaba de toda manera era muy engorrosa la situación.

Parecía que ya había pasado lo peor pues el siguiente ómnibus estaría esperando y era sólo bajarme de uno para tomar el otro. Ya tenía experiencia de ese viaje por otras ocasiones que me vi obligado a tomarlo. Así fue y lo abordé como único pasajero.

Comenzó la lluvia y me alegré de estar bajo un techo y de no llevar alforjas en la bicicleta la cual iba colocada en la parte delantera en la correspondiente parrilla soportando el aguacero. Nos alejamos despacio por la profunda soledad de las calles de la ciudad.

Comencé a mirar un vídeo, pero como está prohibido subir el volumen decidí oír poniendo el celular en el oído izquierdo. Fue entonces cuando sentí la terrible explosión. Me paré y corrí hacia adelante para mirar si mi bicicleta había caído y el ómnibus le había pasado por arriba. No tenía otra explicación de lo que estaba sucediendo. Pero mi adorado caballito estaba en su lugar.

El conductor me miró y me dijo que debía seguir andando con mi vehículo. Le dije que si él regresaba yo regresaría con él pues estaba lloviendo y yo me acogería a la política de la compañía de transporte urbano DART. Estábamos esperando que nos quitaran la luz roja de un semáforo. Me preguntó si sabía lo que había sucedido y le dije que no pero que él debía cerciorarse.

Pusieron la luz verde y el avanzó un poco y paró. Revisó todo el ómnibus andando a la redonda y me dijo algo de los que sólo comprendí la palabra vidrio que para el caso es lo mismo que ventana. Miré todos los cristales y estaban intactos. Seguí sentado y me propuse seguir oyendo el postcat de Jordi. El conductor miró dos veces hacia atrás y ahora me pareció que de moreno estaba pasando a blanco.

Me preguntó si yo tenía otro modo de llegar a mi casa y le dije la verdad: no tenía ninguno otro. Faltaban unos ocho kilómetros aproximadamente para mi destino, eran las 12 de la noche y estaba lloviendo. Desde esa posición no había otra manera que seguir con él. Entonces me señaló con el dedo hacia la ventanilla derecha y oí la palabra window de nuevo.

Me paré y fui hacia allí y el vidrio había colapsado en millones de pedacitos dejando casi un polvo abajo. Le dije que eso tenía que investigarlo la policía porque yo había sentido el sonido de un disparo. El me miró más blanco todavía.

Encendí las luces del celular y busqué donde habría terminado la posible bala y no encontré nada. Ella debía haber chocado con una de cajas de la computadora o de la máquina de las monedas. Si hubiera ido más alta habría chocado con él. Seguimos nuestros viajes y al fin llegué dejando al asustado conductor sólo y pidiéndole que se cuidara lo cual él agradeció.

La noche no estaba para dormirme de inmediato y me puse a googlear sobre cristales de carros y efectivamente están fabricados de manera que pueden explotar fraccionándose en muchas pequeñas partículas debido a que así están diseñados con una tecnología basada en el calor en el momento de crearlos.

Sea lo que sea, desde antier he pensado en algo que no quiero hacer: volver a conducir mi automóvil.

Hola, soy Nelson Estévez, el desarrollador de este proyecto. Les cuentos las cosas tal y como sucedieron, mis emociones, viajes, encuentros y desencuentros. Pretendo que sea un blog ameno y cumpla su objetivo de comunicar cosas estéticamente positivas.

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