Algo muy terrible le sucede a un niño de 15 años (episodio 10)

15.03.2021

El Proyecto, o aquel lugar sin nombre, era como una cárcel burlona para Ángel Gabriel Palomino del Monte. Alguien que nunca había conocido la libertad, nacido y crecido en la selva, prisionero de dos grupos, ahora solitario, solamente se sentía libre cuando alzaba vuelo en el avión. A pesar de haber jurado no ver más el video fue hasta la choza del Jefe y conectó la computadora. Era la única vía por donde podía ver seres humanos.

Todos los guardianes tenían atados sus brazos. Ángel meditó en la astucia que tuvo este hombre para amarrarlos uno por uno sin despertar sospechas. El loco fue tomando a cada uno en la noche quizás dormidos o quizás los drogó fuertemente para poder hacerlo. Posiblemente tuvo ayuda de los humillados, pero nunca lo sabremos. Todos estos criminales estaban en fila. Alrededor había un círculo de pequeñas cajitas conectadas por cables. Este segmento de filmación era lo suficientemente grande como para oír algunas de las cosas que decían los guardianes ahora prisioneros.

-No podemos escapar. El Loco dice que tiene el detonador por control remoto -decía la voz de alguien.

-Yo le ofrecí todo el dinero que pidiera por nosotros y él dijo que nuestras vidas no valían un carajo -decía el Jefe, quien se podía reconocer fácilmente por su voz algo femenil y su bien arreglada figura.

Luego llegaron los esclavizados por su propia voluntad entrando dentro del círculo de lo que indudablemente eran minas. Uno va hacia el jefe y lo escupe en la cara, alguien le da un bofetón. La gente habla entre ellos y se oye un murmullo ininteligible en la grabación. Es evidente que esperan órdenes de El Loco que ahora está parado frente al grupo. Ángel lo reconoce aunque está de espalda. La voz un poco distorsionada era la de él:

-Los he llamado porque hoy es el día de su libertad. Todos estos desalmados tendrán que aceptar al Mesías en su corazón o morirán. Los esclavos no necesitan confesar su fe, sólo los malhechores -El Loco alzó su brazo derecho y miró al cielo-, ¡yo me arrepiento antes el Salvador de la humanidad, de todos mis crímenes y de todas mis andanzas con Satanás!

La voz de Angelina fue lo último que se oyó en la grabación:

- ¡Aleluya!

Gabriel estaba ahora en el momento de la cinta que le interesaba escudriñar. Se fijó bien en la figura de espalda de El Loco. Eran sólo unos segundos pero ahí debía estar la respuesta de si este hombre había tenido la intención de matarlos a todos incluyéndose él mismo o había sido un accidente. Algo pequeño caía desde su cintura. Volvió una y otra vez a rebobinar y mirar esa pequeña secuencia antes de la gran explosión. Congeló la imagen. La observación exhaustiva le dejó ver que era un radio intercomunicador como el que usaba para comunicarse con Pedro el Apóstol. No había dudas, al tocar el suelo activó remotamente al detonador.

Le complació comprender que El Loco no había matado a su madre intencionalmente. Este señor custodiaba la cocina muchas veces antes y durante El Jefe almorzaba o comía. En ocasiones el cabecilla enviaba a alguien para que la comida se le mandara a su choza. En esos pequeños momentos aprovechaba para hablar con Angelina. Estaba interesado en las cosas de Dios. Este interés comenzó años atrás. Un día le pidió la Biblia prestada y desde ese momento comenzó una lectura intensiva y eran mucho más frecuentes las consultas con su madre para averiguar si realmente entendía lo que decía. Muchas veces Gabriel era testigo de esto. En las noches después de apagar las luces su madre y él tenían largas conversaciones acerca de Cristo y consideraban a El Loco como uno de sus hermanos.

Sin embargo, seis meses antes de la masacre El Jefe le ordenó que entregara la Biblia a su dueña y le prohibió terminantemente su lectura. Angelina, para su propio dolor, tampoco podía prestar más este libro aunque otros se interesaran. Esta decisión del cabecilla se debió a que El Loco había empezado a predicar el Evangelio entre sus acólitos y además de muchas burlas había protestas pues ninguno de aquellos criminales quería oír hablar de tales cuestiones. Fue así como Carlos Pulido poco a poco perdió su nombre propio pues lo otros delincuentes lo rebautizaron con el apodo de El Loco.

La prohibición de leer la Biblia no impidió que este señor conversara con Angelina cada vez que tenía una oportunidad. En una ocasión Gabriel vio a su madre orar juntos por la salvación de las almas de los que estaban en el proyecto. Aprovechando que no había otros testigos los tres se arrodillaron y la madre del niño dirigió la plegaria. Esa noche ella y el mozuelo, que ya estaba en edad de comprender muchas cosas con sus casi quince años, hablaron largamente del cambio observado en él a través del sagrado libro. Ambos durmieron regocijados y la oración final fue dirigida a pedir por este amigo de la pequeña familia. 

Me gustaría que leyera esta novela de amor y aventura que escribo para ti. He puesto todo mi amor y horas de dedicación pero acepto las criticas o agradezco cualquier otra opinión que puedas escribir en la caja de opiniones que se encuentra más abajo.

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