A los viajeros le cae el maná del cielo (episodio 44)

14.01.2021

Con las lágrimas en los ojos el padre Porfirio despidió a los tres jóvenes que partían hacia rumbo desconocido siguiendo las instrucciones del ángel. Los tres cargaban macutos inmensos aunque el del apóstol Pedro era al más pesado. Caminaron todo el día arroyo abajo a veces por dentro del mismo cause otras descolgándose por las orillas de pequeñas cataratas y al finalizar el día, todavía en territorio conocido por la Sagrada Tribu del Padre Almanza, tendieron sus hamacas en un lugar adecuado y encendieron las hogueras para que las fieras no se acercaran. El arroyo tortuoso no era un buen camino después que se alejaron de los dominios de la tribu pero en la enmarañada selva era la mejor vía para salir hacia otro territorio.

Tomaron todas las precauciones que habían aprendido desde los tiempos en que colonizaron esta parte del mundo. Sabían que estaban protegidos del puma y el jaguar porque estos no se acercarían a la luz de los mechones encendidos y perfectamente fabricados para la ocasión. La mayor preocupación eran las serpientes gigantes que casi eran una leyenda porque rara vez la habían visto pero los cascabeles pendientes de un cordel que daba muchas vueltas al lugar donde dormirían podían detectar el movimiento hasta de los más pequeños animales. Pedro tenía su carcaj de flechas con punta de acero al alcance de sus manos. Felizmente eran la única tribu conocedora de la fundición del hierro y que fabricaban instrumentos con ese metal en aquel apartado territorio.

Pedro prácticamente durmió con un ojo cerrado y el otro abierto. Varias veces en la noche sonaron los cascabeles porque algún habitante del monte pasaba por allí y el apóstol se ponía en guardia inmediatamente. Así al llegar la mañana estaba cansado, pero tomó el radio y se comunicó con Ángel Gabriel. Éste le preguntó por la reserva de alimentos y como todo estaba en orden decidió no volar para ahorrar gasolina. Los caminantes volvieron a avanzar por el arroyo hasta cinco jornadas iguales. Entonces el aviador voló a su encuentro y descubriendo el campamento por la banderola que sobresalía por encima de la copa de los árboles les lanzó alimentos.

Todavía a Pedro le quedaba una dura lucha ese día pues el paracaídas se quedó en lo alto de la tupida selva y tuvo que trepar y bajarlo. Ya hambrientos fue la primera vez que los habitantes de la sagrada tribu comieron alimentos del mundo llamado civilizado. A pesar de que era comida desconocida, fuera por el hambre o fuera por la sugestión de estar comiendo algo enviado del cielo, le supo tan sabroso que después estaban riendo a carcajadas y hablando de lo buena que era ese alimento.

Cinco jornadas más y llegaron al lugar donde estaba el terreno quemado e hicieron campamento en el descampado que era ahora el lugar más propicio para que las fieras se vieran a distancia. Ángel pasó en el avión y le tiró comida para cinco días. No era necesario el paracaídas. El piloto bajó, pero no pudieron percibir bien una figura humana al lanzar por la ventanilla el paquete. Al poco rato fue el apóstol quien tuvo que llamar por radio a Ángel Gabriel:

-No sabemos que vamos a hacer con esos cofrecitos que nos envió.

-Yo no les he enviado ningún cofrecito. Todo lo que le he tirado es comida.

-Han caído unos cofrecitos que dicen sardinas en aceite.

-Eso es sardina y se come -Ángel hizo una pausa porque se dio cuenta a tiempo que ellos no sabrían abrir las latas- ustedes deben abrirlas con una llavecita que tienen. Denle vueltas.

Gracias a que el apóstol Pedro era un joven inteligente ese día fueron los primeros habitantes de la sagrada tribu en comer sardinas enlatadas. Por supuesto que les supieron a gloria. Estas novedades les iban haciendo la ilusión de que estaban realmente llegando a una dimensión del mundo en las que pocos humanos habían tenido el privilegio de entrar. A pesar del cansancio, de la pena de avanzar por territorios peligrosos y de haber dejado atrás a su amada comunidad la felicidad rosaba su espíritu de tal manera que reían por cualquier cosa y era un gozo todo lo que veían y todo lo que hacían.

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